El arte de hacer psicodelia no es sencillo, producir el sonido de sueños y visiones requiere saber cuándo permanecer en tierra y cuando despegar más allá del cielo, y los chicos que integran Ramona se han vuelto muy buenos en ello. 

Formados en Tijuana desde 2011 y con algunos cambios en la alineación, Jesús Guerrero, Edgar Moreno, Omar Córdoba, Luis Reyes y Sergio Méndez son los responsables de la última etapa de la banda, una que podríamos situar desde Ceres hasta la actualidad. La evolución de Ramona ha sido progresiva, pero uno de los puntos de inflexión fue precisamente el lanzamiento de ese segundo trabajo discográfico en 2017, que nos mostró que la cara romántica del grupo, muy influida por el romanticismo simple pero sincero de Los Ángeles Negros, calzaba perfecto con las atmósferas psicodélicas levantadas especialmente por los teclados, muy propias de grupos como Tame Impala 

Para su tercer álbum subieron la apuesta y nos presentaron un auténtico jardín psicodélico que la banda procuraba floreciera a base de guitarras reverbereadas, líneas de teclado que parecían dar vueltas una sobre otra, mientras la voz de Jesús, el hombre de las vocales, se deslizaba de manera gentil y cadenciosa en los oídos. Estas flores son de raíces setenteras y en muchas canciones se deja notar, el mejor ejemplo está en la canción que da inicio al disco y además lo titula:  Parpados. Es aquí que muestran como una canción romántica y un tanto aletargada puede convertirse en un pequeño destello jam hacia la mitad y volver al vaivén enamoradizo del principio para finalizar. 

La evolución no termina para Ramona, en su sencillo más reciente, »Yo quiero ser» en colaboración con Daniel Dennis, se vislumbra una nueva vía de exploración para la banda, ya que, aunque permanecen las señas de identidad, incorporan con éxito elementos electrónicos a la mezcla.   

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